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martes, 18 de febrero de 2014

Obsolescencia programada

Seguro que habéis oído muchas veces la frase “ya no se hacen las cosas como antes”, o “antes las cosas se hacían para que durasen”, y es verdad. Antes las cosas se hacían para durar mucho tiempo, y ahora se hacen para que duren lo justo y haya que reemplazarlas, de manera que las empresas que nos las venden se aseguran beneficios de manera constante.

Esto tiene un nombre, obsolescencia programada, que es la programación del fin de la vida útil de un producto o servicio, de modo que tras un periodo de tiempo calculado por el fabricante, el producto quede obsoleto, no funcional, inservible o inútil. Es un concepto que surgió después de la crisis de 1929, con la excusa de animar al consumo e incentivar las ventas. No sólo afecta a nuestro bolsillo, también tiene graves consecuencias para el medio ambiente.

Un ejemplo de obsolescencia programada son las bombillas. A principios del siglo XX una bombilla tenía una vida útil certificada de 2500 horas. Lo lógico hubiera sido que la tecnología avanzara consiguiendo bombillas más duraderas, y de hecho es posible, pero 100 años después su vida útil es de unas 400 horas (aunque las nuevas bombillas de bajo consumo pueden durar mucho más).

Esta bombilla lleva funcionando desde 1901. En 2002 se certificó que llevaba 800.000 horas encendida
Otro ejemplo es el nylon. Lo primero que se nos viene a la cabeza son las medias que se rompen con mirarlas, pero en 1939, cuando fue fabricado por primera vez, fue una revolución al ser prácticamente irrompible. ¿Qué pasó? Pues que si no se rompían, se frenarían las ventas. Resultado: se desarrolló un material más débil, el que ha llegado a nuestros días.

En los últimos años parece que nos hemos empezado a dar cuenta de esto principalmente gracias a los aparatos electrónicos como los teléfonos móviles, que tienden a romperse cuando nos va a cumplir la permanencia con nuestra compañía, y tenemos que adquirir uno nuevo, aunque también sucede con los electrodomésticos. Antes, los electrodomésticos duraban más. Una lavadora podía durar 20 años tranquilamente, con alguna avería fácilmente reparable. Ahora si llegan a 10 es un triunfo. Falla una pieza que curiosamente vale más repararla que comprar una lavadora nueva, por lo que nos deshacemos de la lavadora antigua y compramos una nueva. Con esto, podemos añadir a la frase de “antes las cosas se hacían para que durasen”, la coletilla “también se hacían para poder ser reparadas”.

Pues bien, las consecuencias de todo esto son la sobreexplotación de recursos, y la generación de residuos, que dan lugar a imágenes como esta:

Montaña de residuos electrónicos
Vamos a ver muy por encima las consecuencias que tiene la obsolescencia programada con los productos electrónicos, ya que son los más susceptibles de ser programados:

En cuanto a los materiales que forman sus componentes, en muchos casos son muy escasos, y además muchas veces proceden de zonas en conflicto, precisamente generado por la extracción de los minerales que van a ir a parar a los aparatos electrónicos, como son el estaño o el tantalio.

El otro gran problema de la obsolescencia programada es la enorme cantidad de residuos que se generan, pero más que las montañas de restos de ordenadores, impresoras o televisiones (que es muy grave), es la peligrosidad de estos desperdicios, ya que contienen componentes tóxicos, como compuestos halogenados, metales pesados, dioxinas, e incluso sustancias radioactivas.

Además, como agravante, estos residuos suelen acabar en países del tercer mundo, en vertederos sin medidas de seguridad que contaminan el terreno sobre el que están depositados, filtrando componentes tóxicos al subsuelo y acuíferos, y poniendo en peligro la salud de la población, que recogen estos restos para sobrevivir, por lo que tratan de extraer materiales sin ninguna medida de seguridad poniendo en riesgo su vida.

Niños recogiendo residuos de aparatos eléctricos y electrónicos
Pues esta es la historia de la obsolescencia programada contada a mi manera. Si os ha resultado interesante, o si os queréis enterar mejor de qué va todo esto, podéis ver el documental “Comprar, tirar, comprar”:


martes, 7 de enero de 2014

Los residuos de los Reyes (Magos)

Se acabaron las fiestas. Este momento lo marca la llegada de los Reyes Magos dejando sus regalos, y los dueños de estos regalos inundando los contenedores de basura con los restos, que normalmente son cajas exageradamente grandes de juguetes que luego no son tan grandes como nos hacía creer su embalaje.

Hace unos años salíamos a la calle y veíamos a los niños estrenando sus bicicletas, balones o patinetes, entre otros juguetes, y también veíamos los contenedores llenos, pero menos. Ahora, en cuanto salimos a la calle y vemos los contenedores, vemos una imagen parecida a cuando los servicios de recogida de basuras llevan varios días en huelga, con la ventaja de que las cajas no huelen. ¿Los niños? Alguno estará en la calle por equivocación, pero la mayoría están en casa jugando con sus nuevas videoconsolas, aunque eso es otro debate.

Niños jugando en la calle, esa cosa del pasado
Volvamos al tema que nos ocupa, que son los residuos. Cualquier producto, sea cual sea, está excesivamente embalado, desde los juguetes, los aparatos electrónicos o los alimentos, siendo este último caso muy llamativo. En el post anterior, en el que dábamos una lista de recomendaciones que podríamos incluir en nuestra lista de propósitos para el año recién estrenado para ser más respetuosos con el medio ambiente, uno de los consejos era evitar productos excesivamente envasados, y siempre que fuera posible, comprar a granel.

Todo lo que compremos fuera de un mercado tradicional, es decir, cualquier supermercado o hipermercado, va a venir empaquetado individualmente o por peso: la carne o el pescado, la fruta o las verduras, pero lo que se lleva el premio al embalaje excesivo es la bollería industrial. Para un producto he llegado a ver hasta cuatro envases: la caja exterior, una bolsa de plástico en la que vienen cuatro o cinco bollos, esos bollos, colocados en una bandeja, también de plástico, pero además empaquetados individualmente.

De momento lo venden en paquetes de 1 kg, pero como sigamos así nos lo venderán envuelto grano a grano
Es un caso un poco extremo, pero real. Aun así, lo normal en estos productos es mínimo dos embalajes: el exterior, de cartón o plástico, y envases individuales. En muchos casos se añade la bandeja de plástico para que todo esté perfectamente ordenado, lo que hace que para un producto se utilicen tres envases distintos.

A estos dos o tres envases, que son los que ve el consumidor, hay que añadirles los embalajes en los que son transportados, que deben suponer al menos cajas medianas para meter varios paquetes, e incluso cajas grandes para meter esas cajas medianas.

No obstante, en los últimos años las empresas han realizado un esfuerzo (por convicción, o simplemente por normativa) reduciendo el número de envases y embalajes que lleva un producto, y reduciendo también el peso de los envases, lo que ahorra muchos recursos.

Contenedor colapsado
Aun así, entre todos debemos hacer un esfuerzo para reducir los residuos, no sólo de envases, para evitar ver imágenes como la de arriba, que son más habituales de lo que pensamos, ya que se producen cada vez más a menudo, y no únicamente el día de Reyes o cuando hay huelga.

En futuras publicaciones hablaremos con más detalle sobre los residuos que generamos  y en qué cantidad.